Ciencia

Querer vs. gustar: por qué deseas lo que ya ni disfrutas

Publicado el 23 de octubre de 20267 min de lectura
Querer vs. gustar: por qué deseas lo que ya ni disfrutas

Son las 11:40 de la noche. Estás en la cama, con el celular en la almohada, y ya sabes cómo termina esto. Vas a deslizar y saltar de video en video buscando el indicado, y media hora después vas a estar ahí, con una sensación de vacío, sin nada de sueño y preguntándote para qué.

Entonces, ¿por qué las ganas se sienten tan grandes si la recompensa es tan pequeña?

La investigación sobre el cerebro tiene una respuesta sorprendentemente precisa. Querer algo y disfrutarlo son experiencias distintas, y funcionan con sistemas distintos. Cuando aprendes a separarlos, muchas conductas que parecían absurdas empiezan a tener sentido, y aparecen algunas formas prácticas de trabajar con ellas.

Querer y gustar son sistemas distintos

En 1993, Robinson y Berridge propusieron lo que hoy se llama teoría de la sensibilización al incentivo. El trabajo que vino después, buena parte en el laboratorio de Kent Berridge en la Universidad de Michigan, separó dos cosas que solemos meter en el mismo saco.

Querer es el tirón. Los investigadores lo llaman saliencia del incentivo: la sensación de que algo importa ahora mismo y tienes que ir por ello. Depende mucho de la dopamina y usa sistemas cerebrales grandes y extendidos. Gustar es el placer en sí, el momento en que algo realmente se siente bien. Se produce en minúsculos “puntos calientes hedónicos” con señales opioides y endocannabinoides: parientes de la morfina y del cannabis, pero fabricados por el propio cerebro.

La evidencia más llamativa viene de estudios con ratas. Ratas a las que se les agotó casi toda la dopamina siguen mostrando las reacciones faciales de “gustar” cuando prueban azúcar. Hasta donde se puede saber, lo siguen disfrutando. Pero no se esfuerzan por conseguirlo. El placer sigue ahí; las ganas de ir por él desaparecieron.

Casi siempre, los dos sistemas van juntos. Se te antoja una pizza, te la comes, te gusta. Pero el nombre de la teoría deja ver su idea central: con la exposición repetida, el sistema del querer puede sensibilizarse y reaccionar cada vez con más fuerza a los detonantes asociados a una recompensa, mientras el gustar no crece al mismo ritmo. El querer puede adelantarse por su cuenta.

Más deseo, no más placer

En 2014, el equipo de Valerie Voon en la Universidad de Cambridge lo estudió con pornografía. Escanearon el cerebro de 19 hombres con conducta sexual compulsiva y de 19 voluntarios sanos mientras ambos grupos veían videos explícitos.

Los hombres con conducta sexual compulsiva mostraron más actividad en el estriado ventral (un centro de motivación y recompensa), en el cingulado anterior dorsal y en la amígdala, que marca lo que tiene importancia emocional. Y luego vino lo que importa aquí: dijeron sentir más deseo que los voluntarios, pero no que les gustara más.

Su cerebro tiraba con más fuerza. Los videos no eran más placenteros por eso.

Otro estudio del mismo grupo de Cambridge, dirigido por Mechelmans, encontró un sesgo de atención en hombres con conducta sexual compulsiva: su atención se iba más rápido hacia las imágenes explícitas. Si alguna vez una miniatura te robó la atención antes de que decidieras mirar, ese es el tipo de tirón que estaban midiendo.

Después, en 2017, Gola y sus colegas compararon a 28 hombres heterosexuales que buscaban tratamiento por un uso problemático de pornografía con 24 hombres que no lo buscaban. Dentro del escáner, veían señales que anticipaban lo que venía: una imagen erótica o dinero. El estriado ventral de quienes buscaban tratamiento reaccionó con más fuerza a las señales que anunciaban imágenes eróticas. A las de dinero, no. Y cuando las imágenes aparecieron, no hubo diferencia entre los grupos. Cuanto más fuerte era la reacción a la señal, más grave tendía a ser el uso de pornografía.

Ese es el corazón del asunto. La diferencia no estaba en la recompensa. Estaba en la anticipación, en el momento en que una señal avisaba que algo bueno podía venir. (Esto encaja con lo que hace la dopamina casi todo el tiempo, que tiene más que ver con predecir que con disfrutar, pero esa es otra historia.)

Son muestras chicas, solo de hombres, y una imagen del cerebro tomada en un solo momento no dice qué vino primero. Con todo, los sistemas involucrados son parte del equipamiento básico, que compartimos incluso con las ratas, y los estudios apuntan en la misma dirección: cuando el uso de pornografía se siente fuera de control, el problema se parece menos a un exceso de placer y más a un exceso de tirón.

Qué significa esa brecha para ti

Si alguna vez pensaste “ni siquiera lo disfruto tanto, ¿entonces por qué no puedo parar?”, describiste la brecha entre querer y gustar casi palabra por palabra. Estás notando, con precisión, que dos sistemas se separaron. Nada de eso te hace una persona débil ni falsa.

Y también te muestra dónde tienes margen para actuar.

El querer hace mucho ruido, pero tiene dos puntos débiles. El primero: depende de detonantes. Se activa con cosas concretas: el celular en la cama, una app específica, la casa vacía después de un mal día, cierta hora de la noche. Menos detonantes, menos chispas. El segundo: es pasajero. Los profesionales que enseñan a surfear el impulso (urge surfing) suelen describir las ganas como una ola que sube, llega a su punto más alto y se deshace, por lo general en unos 20 a 30 minutos si no la alimentas, muchas veces antes. Es experiencia clínica, no una cifra de laboratorio, pero vale la pena ponerlo a prueba.

El gustar pide otra cosa: que le hagas lugar. Cuando buena parte de tus noches se va en perseguir una sola cosa intensa, los placeres de todos los días pueden sentirse apagados en comparación: una buena comida, una caminata, música, una conversación larga, intimidad auténtica. Vale la pena reconstruirlos a propósito, porque le dan al sistema del gustar algo real con qué trabajar.

Pasos prácticos que salen de la ciencia

• Califica por separado el querer y el gustar. Cuando aparezcan las ganas, califica del 0 al 10 cuánto lo quieres. Después, o recordando la última vez, califica cuánto te gustó en realidad. Anota los dos números en tu Diario o en cualquier lugar privado. En una o dos semanas tendrás tus propios datos sobre esa brecha, y las ganas se volverán un poco menos misteriosas.

• Corta los detonantes antes de que se disparen. El estudio de Gola sugiere que la reacción fuerte ocurre ante la señal, no ante la pantalla. Así que trabaja sobre los detonantes: carga el celular fuera del cuarto, cierra sesión en las cuentas que inician la espiral y cambia la rutina alrededor de tu hora de más riesgo.

• Dale tiempo a la ola. Cuando un detonante se cuele, no tienes que ganarle una discusión. Ponle nombre (“esto es querer, no gustar”), mueve el cuerpo y deja pasar 20 minutos. Cada vez que la ola pasa sin el final de siempre, practicas una respuesta nueva ante un detonante viejo.

• Alimenta el gustar a propósito. Elige un placer sencillo al día y ponle toda tu atención: el primer sorbo de café, una canción a todo volumen, el sol en la cara. Parece poco, y está bien. Es práctica para un sistema que se fue quedando de lado.

Una cosa más. Si casi nada te ha dado gusto últimamente, y has tenido el ánimo bajo la mayoría de los días durante dos semanas o más, o perdiste el interés en cosas que antes disfrutabas, habla con un médico o un terapeuta. Eso merece atención propia. Si tienes pensamientos de hacerte daño, comunícate ahora con los servicios de emergencia de tu zona o con una línea de crisis.

La próxima vez que sea tarde y aparezcan las ganas, hazte dos preguntas en lugar de una. ¿Cuánto quiero esto ahora mismo? ¿Cuánto me gustó de verdad la última vez? Anota las dos respuestas y dale los próximos 20 minutos a otra cosa.

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